Pedir cita con el dermatólogo no siempre es sencillo. Dependiendo de dónde se viva y del centro al que se acuda, la espera puede prolongarse durante semanas o incluso meses, y en algunos casos también implica desplazarse para una consulta que puede resolverse en poco tiempo. Esta situación, unida al aumento de la demanda de atención dermatológica, ha favorecido el desarrollo de nuevas formas de atender determinadas consultas sin necesidad de acudir físicamente a la consulta.
Una de ellas es la teledermatología, que permite valorar determinadas lesiones y problemas de la piel a partir de fotografías, vídeos o una consulta por videollamada. El sistema lleva años utilizándose en distintos ámbitos sanitarios y puede ser fundamental para realizar una primera valoración, hacer seguimiento de algunos problemas o determinar si es necesario acudir a una consulta presencial.
Pero la teledermatología también tiene sus límites. No todos los problemas de la piel pueden valorarse correctamente a distancia y, en determinadas situaciones, será necesario examinar la lesión directamente, utilizar herramientas específicas o realizar pruebas complementarias.
Distintas variantes de la teledermatología
La teledermatología es una modalidad de telemedicina que permite evaluar y diagnosticar afecciones de la piel a distancia, mediante el envío de imágenes clínicas y, en muchos casos, imágenes dermatoscópicas, junto con la información clínica del paciente, a un dermatólogo que las revisa sin necesidad de que el paciente esté físicamente presente en ese momento.
Existen distintas variantes de teledermatología. La más habitual en la práctica clínica es la llamada «store-and-forward» (almacenamiento y envío diferido): se recogen las imágenes y los datos del paciente en un momento determinado, normalmente en un centro de salud o clínica, y posteriormente el dermatólogo los revisa de forma asíncrona, sin que el paciente tenga que estar conectado en directo. También existe la teledermatología en tiempo real, mediante videoconsulta, aunque es menos frecuente para el diagnóstico de lesiones cutáneas concretas, ya que la calidad de imagen que ofrece una webcam es muy inferior a la de un dermatoscopio.
En la práctica más extendida en clínicas españolas, el proceso suele constar de dos fases claramente diferenciadas. Primero, el paciente acude a un centro donde un profesional sanitario recoge sus antecedentes y le pregunta por la lesión: desde cuándo la tiene, si ha cambiado de tamaño, forma o color, o si produce picor, dolor u otras molestias. En esa misma visita se toman fotografías de la zona, normalmente con un dermatoscopio.
Tal y como explican los profesionales de Cellosa, este dispositivo combina una lente de aumento con un sistema de iluminación que permite observar estructuras de la piel que no se pueden apreciar a simple vista. Las imágenes obtenidas ofrecen al dermatólogo más información que una fotografía convencional y pueden ser especialmente útiles para valorar lunares y otras lesiones cutáneas.
Una vez recogidas las imágenes y la información sobre el paciente, comienza la segunda parte del proceso. El dermatólogo estudia las fotografías junto con los datos del cuestionario y elabora su valoración sin que sea necesario que el paciente esté presente en ese momento. Después, el resultado se recoge en un informe en el que se indica la valoración realizada y, cuando es necesario, si se recomienda una consulta presencial u otras pruebas.
La principal ventaja de este sistema es precisamente que separa la toma de imágenes de la valoración especializada. El paciente solo necesita acudir al centro para realizar la primera parte y puede recibir posteriormente la valoración del dermatólogo a distancia. Aun así, no todos los problemas dermatológicos pueden resolverse mediante este procedimiento, por lo que una valoración telemática puede terminar igualmente en una consulta presencial cuando el especialista considera necesario examinar la lesión directamente.
Por qué existe y por qué ha crecido tanto
La teledermatología no es un invento reciente ni una moda pasajera de la pandemia, aunque el impulso al teletrabajo y a la atención sanitaria a distancia que trajo la COVID-19 sí aceleró su implantación. Sus raíces se remontan a los años 90 y a proyectos piloto de telemedicina orientados sobre todo a acercar la atención especializada a zonas rurales o con pocos recursos, una necesidad que la Organización Mundial de la Salud lleva años señalando como una de las principales justificaciones de la telemedicina en general: permite salvar barreras geográficas y ampliar el acceso a la atención sanitaria especializada, especialmente en zonas donde los recursos médicos son limitados.
En el caso concreto de España, la teledermatología encontró un terreno muy fértil. La demanda de consultas de Dermatología ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas, en parte por el aumento de la incidencia de cáncer de piel asociado a los hábitos de exposición solar, y los servicios de dermatología de muchas comunidades autónomas arrastran listas de espera considerables. La teledermatología surge como una manera de aliviar esa presión: permite hacer un primer cribado de las lesiones sin necesidad de que todos los pacientes pasen por una consulta presencial completa, de forma que los casos claramente banales puedan resolverse con rapidez y los casos que sí requieren exploración física, biopsia o intervención puedan priorizarse y derivarse antes.
Además de aliviar las listas de espera, este modelo tiene otras ventajas prácticas: reduce desplazamientos, especialmente relevante para personas mayores o con movilidad reducida; permite que profesionales de atención primaria, formados específicamente en la toma de imágenes dermatoscópicas, actúen como primer filtro; y facilita el seguimiento de pacientes que ya tienen un diagnóstico y solo necesitan un control periódico de una lesión.
¿Es fiable la teledermatología?
Esta es, sin duda, la pregunta que más preocupa a quien se plantea usar este servicio por primera vez, sobre todo cuando se trata de una lesión que genera dudas sobre su posible malignidad. La respuesta corta es que sí, dentro de unos límites bien definidos y siempre que el proceso se haga correctamente.
La Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), la sociedad científica que agrupa a los especialistas en dermatología en España, publicó ya en 2018 un posicionamiento oficial sobre la teledermatología en el que reconoce que España se ha convertido en los últimos años en un referente internacional en el uso de esta técnica, con un notable crecimiento en el número de programas de teledermatología puestos en marcha, y subraya que este modelo ha demostrado mejorar el acceso de los pacientes a la atención especializada en determinadas afecciones cutáneas y a la dermatología en general. Al mismo tiempo, la propia Academia insiste en que la teledermatología debe practicarse con las mismas garantías de calidad que una consulta presencial: quien toma las imágenes debe estar debidamente formado, el equipo de captura debe ofrecer una resolución suficiente, y quien emite el diagnóstico final debe ser siempre un dermatólogo, no un algoritmo ni un profesional sin la formación específica necesaria.
Los estudios sobre correlación diagnóstica entre teledermatología y consulta presencial arrojan resultados generalmente favorables, aunque con matices importantes. La concordancia diagnóstica suele ser alta para muchas lesiones benignas y frecuentes, como queratosis seborreicas, verrugas o determinados tipos de nevus. Sin embargo, la propia experiencia clínica reconoce que existen limitaciones: hay zonas del cuerpo de difícil acceso para fotografiar bien (como el interior del oído o el cuero cabelludo), lesiones que requieren palpación para valorarlas correctamente, o cuadros complejos en los que la exploración física completa sigue siendo insustituible. Por eso, la gran mayoría de servicios de teledermatología —incluidos los ofrecidos por clínicas privadas y por sistemas públicos de salud— fijan criterios claros sobre qué tipo de lesiones pueden analizarse por esta vía y cuáles requieren, sí o sí, una consulta presencial: casos con muchas lesiones a la vez, afecciones del cabello o el cuero cabelludo, lesiones subcutáneas o cuadros urgentes suelen quedar fuera del ámbito de la teleconsulta.
En resumen, la fiabilidad de la teledermatología no depende tanto de la tecnología en sí como de que se respeten tres condiciones: que las imágenes se tomen con un equipo adecuado (el dermatoscopio, no una fotografía de móvil sin más), que quien las toma esté formado para ello, y que el diagnóstico final lo emita siempre un dermatólogo cualificado, que además debe tener la posibilidad de citar al paciente presencialmente si algo en las imágenes le genera dudas o requiere una exploración más completa.
Cómo es el proceso, paso a paso
Aunque cada centro organiza el servicio con sus propias particularidades, el esquema general de una consulta de teledermatología suele ser bastante parecido en la mayoría de clínicas y hospitales:
- Solicitud de cita. El paciente pide cita para teledermatología, normalmente indicando qué lesión o lesiones quiere consultar.
- Consulta presencial de toma de imágenes. Acude una vez al centro, donde un profesional sanitario formado en dermatoscopia le hace un cuestionario sobre sus antecedentes y la evolución de la lesión, y toma las fotografías necesarias con el dermatoscopio.
- Evaluación por el especialista. El dermatólogo revisa, ya de forma remota, las imágenes junto con toda la información clínica recogida.
- Emisión del informe. El especialista redacta un informe con su diagnóstico y, si procede, indica un tratamiento, una receta electrónica o la necesidad de una consulta presencial adicional o de pruebas complementarias.
- Comunicación al paciente. El resultado suele entregarse en un plazo breve —a menudo entre 24 y 48 horas—, normalmente a través de un portal del paciente, una aplicación o por correo electrónico, y en los casos que lo requieren se contacta de forma prioritaria para agendar una visita presencial.
Qué tipo de lesiones son (y no son) candidatas
Como norma general, la teledermatología funciona bien para el cribado de lesiones pigmentadas (lunares que han cambiado, manchas nuevas), lesiones inflamatorias comunes, verrugas, queratosis y otras afecciones cutáneas frecuentes que no requieren una exploración física compleja. La mayoría de servicios limitan además el número de lesiones que se pueden valorar en una misma consulta —habitualmente hasta cuatro o cinco— para garantizar que cada una recibe la atención adecuada.
Quedan generalmente fuera del ámbito de la teleconsulta los cuadros urgentes, las lesiones subcutáneas (que requieren palpación), los problemas del cabello o el cuero cabelludo, y aquellos casos en los que, ya desde el primer vistazo, resulta evidente que hace falta una exploración presencial completa o incluso una biopsia. Cuando esto ocurre, el propio sistema está pensado para derivar al paciente a la vía presencial de forma prioritaria, sin que eso suponga un fracaso del proceso, sino precisamente su correcto funcionamiento como herramienta de cribado.
Entonces, ¿merece la pena?
Como con cualquier herramienta médica, su fiabilidad depende de que se use dentro de sus límites conocidos, con profesionales formados y con la garantía de que, ante cualquier duda, siempre existe la puerta abierta a una consulta presencial. Bajo esas condiciones, la teledermatología ha dejado de ser una novedad experimental para convertirse en una pieza consolidada —y respaldada por la propia comunidad dermatológica— de la atención sanitaria actual.


