Algunas conversaciones cambian las cosas de manera permanente, independientemente de cómo terminen. La petición de una relación abierta puede llegar a ser un choque bastante fuerte. Cuando la pareja plantea esa posibilidad, raramente las cosas vuelven exactamente al punto donde estaban antes de la conversación, porque esa conversación revela algo, sobre la otra persona, sobre la relación, sobre uno mismo, que no estaba visible hasta ese momento.
Lo que viene después, el proceso de decidir qué hacer, es uno de los más complejos y más cargados emocionalmente que puede atravesar una persona en el contexto de una relación. Y es un proceso que requiere más herramientas de las que la mayoría de la gente tiene cuando lo vive.
Lo que ocurre en los primeros momentos
La reacción inmediata ante la petición de una relación abierta varía enormemente de una persona a otra, y todas las reacciones son válidas. Hay personas que sienten una sacudida de miedo o de dolor que las descoloca completamente. Hay otras que sienten curiosidad o incluso alivio, porque quizás ellas también habían pensado en esa posibilidad sin atreverse a plantearlo. Hay quienes sienten rabia. Hay quienes se quedan en blanco y no sienten nada de manera inmediata.
Ninguna de esas reacciones dice nada definitivo sobre qué hay que decidir. Son respuestas emocionales a una información nueva y significativa, y las respuestas emocionales inmediatas raramente son el mejor punto de partida para tomar decisiones importantes.
Lo que sí debemos hacer en los primeros momentos es no decidir. No decir que sí porque parece la respuesta que va a mantener la relación. No decir que no de manera irreversible si todavía no se sabe exactamente qué se quiere decir. Pedir tiempo es completamente legítimo, y cualquier pareja que propone un cambio de esta magnitud debería entender que la otra persona necesita ese tiempo para procesar lo que acaba de escuchar.
Separar las preguntas
Una de las razones por las que este proceso es tan difícil es que contiene, en realidad, varias preguntas distintas que se mezclan y se confunden entre sí, y que necesitan separarse antes de intentar responderlas.
La primera pregunta es sobre uno mismo: ¿quiero yo una relación abierta? No en respuesta a la petición de la pareja, sino como preferencia propia. ¿Es un modelo de relación que me atrae, que me genera curiosidad genuina, que podría enriquecerme? ¿O es algo que me genera incomodidad estructural, que choca con cómo entiendo la intimidad, que simplemente no encaja con quien soy?
Esta pregunta debe responderse con honestidad y sin presión, porque es la más importante de todas. La respuesta no depende de si la relación abierta es buena o mala en abstracto, porque no lo es en ninguna dirección: es un modelo de relación que funciona bien para algunas personas y mal para otras, y la única manera de saber en qué categoría se está es preguntárselo con honestidad.
La segunda pregunta es sobre la pareja: ¿por qué lo pide ahora? ¿Qué hay detrás de esta petición? ¿Es una necesidad genuina de más espacio y más experiencias que siente que la relación actual no le permite? ¿Es una señal de insatisfacción con la relación en su estado actual? ¿Es una manera indirecta de comunicar algo que no ha sabido comunicar de otra forma? La conversación honesta sobre estas preguntas, que puede ser incómoda, es fundamental para entender qué se está decidiendo realmente.
Y la última pregunta es sobre la relación: ¿qué tipo de relación quiero tener con esta persona? No si quiero seguir con ella a cualquier precio, sino qué necesito de una relación para que me haga bien, y si esa relación, con o sin apertura, puede proporcionarlo.
Los mitos que complican la decisión
Por ahí circulan una serie de ideas alrededor de las relaciones abiertas y del poliamor que distorsionan el proceso de decisión. Por un lado, está la idea de que aceptar una relación abierta es una señal de debilidad o de falta de autoestima. No lo es. Hay personas con una autoestima sólida y una identidad clara que eligen libremente las relaciones no monógamas porque encajan con sus valores y sus necesidades. La clave es que la elección sea libre, no que sea en un sentido o en el otro.
Por otro lado, tenemos la idea de que negarse a una relación abierta es una señal de inseguridad o de rigidez. Tampoco lo es. La monogamia es un modelo de relación completamente válido que funciona bien para muchas personas, y preferirla no dice nada negativo sobre quien la prefiere.
Y quizás el pensamiento más dañino, es la idea de que, si se quiere de verdad a la pareja, se debería estar dispuesto a intentarlo. Esta idea mezcla el amor con la obligación de una manera que puede llevar a tomar decisiones que van en contra de las propias necesidades fundamentales. Querer a alguien no significa estar dispuesto a cualquier modelo de relación con esa persona, del mismo modo que querer a alguien no significa estar dispuesto a cualquier condición de vida con ella.
Asimismo, también está la idea de que la relación abierta soluciona los problemas que hay en la relación cerrada. Raramente es así. Los problemas de comunicación, de intimidad, de conexión o de satisfacción que existen en una relación monógama tienden a complicarse, no a resolverse, cuando se añade la complejidad de las relaciones múltiples.
Lo que merece considerarse seriamente
Si se llega a un punto en que la pregunta no tiene respuesta inmediata y clara, debemos considerar una serie de elementos con tiempo y honestidad.
Los propios valores sobre la intimidad y la exclusividad. No los valores que se deberían tener según algún modelo de persona progresista o tradicional, sino los que realmente se tienen. Si la idea de que la pareja tenga relaciones sexuales o emocionales con otras personas genera un malestar que parece estructural, que no viene del miedo sino de cómo se entiende la intimidad, eso es información importante que no podemos ignorarse.
La capacidad real para gestionar los celos. Los celos en el contexto de una relación abierta no son señal de que no se es apto para ella: son una respuesta emocional normal que puede trabajarse. Pero hay una diferencia entre los celos que se pueden gestionar con trabajo personal y comunicación, y los celos que producen un sufrimiento crónico que deteriora el bienestar. Saber en qué categoría se está requiere un grado de autoconocimiento que no siempre se tiene de manera inmediata.
El estado de la relación actual. Si la relación está en un momento sólido, con buena comunicación y conexión, la apertura si ambos la desean puede ser una exploración interesante. Si la relación está en un momento de distancia, de problemas no resueltos o de insatisfacción crónica, la apertura difícilmente va a resolver esos problemas y puede añadir complejidad a una situación que ya es difícil.
La disposición a hablar de todo. Las relaciones abiertas requieren un nivel de comunicación sobre necesidades, límites, emociones y experiencias que es significativamente mayor que el de la mayoría de las relaciones monógamas. Si la comunicación ya es difícil en la relación actual, añadir esa capa de complejidad puede ser especialmente desafiante.
Cuando la decisión pesa demasiado para tomarla solo
Hay situaciones en la vida que generan una carga emocional que resulta difícil de procesar sin apoyo. Y la petición de una relación abierta, con todo lo que mueve, con las preguntas sobre la identidad, sobre el valor propio, sobre el futuro de algo que importa mucho, puede ser una de esas situaciones.
En este sentido, los profesionales de López Serra Psiquiatría recuerdan algo que resulta especialmente pertinente: cuando la vida se hace pesada, buscar acompañamiento puede ser un gesto de cuidado hacia uno mismo. No es un signo de debilidad ni una señal de que algo va mal de manera irreparable. Es reconocer que hay momentos en que tener un espacio propio, sin la presencia ni los intereses de la pareja, para explorar lo que se siente y lo que se necesita, tiene un valor que no puede reemplazar ninguna conversación con amigos ni ningún artículo de internet.
La terapia individual, en un momento como este, no tiene que estar orientada a decidir si decir sí o no a la relación abierta. Tiene que estar orientada a entender mejor qué se quiere, qué se teme, qué valores están en juego y desde qué lugar emocional se está tomando la decisión. Ese tipo de claridad es la que permite tomar decisiones que uno puede sostener con el tiempo, independientemente de cuáles sean.
La terapia de pareja es otra herramienta que puede ser útil, aunque en un momento diferente del proceso. Antes de decidir nada, puede ser valioso tener un espacio donde ambas personas puedan explorar lo que hay detrás de la petición, qué necesidades no están cubiertas, qué miedos existen en ambas partes, y qué modelo de relación podría funcionar para los dos. Un terapeuta de pareja no va a decir qué hay que decidir, pero puede facilitar una conversación que sin ese acompañamiento puede ser demasiado cargada para tenerla con claridad.
Sobre el sí que viene del miedo y el no que viene del miedo
Una de las distinciones más importantes que se puede hacer en este proceso es la de qué decisión viene del miedo y cuál viene de una elección genuina. El sí que viene del miedo es el que acepta la relación abierta no porque se quiera sino porque se teme perder a la pareja si se dice que no. Es una decisión que pone la preservación de la relación por delante de las propias necesidades, y que tiende a producir un malestar crónico que con el tiempo deteriora tanto a la persona que lo vive como a la relación que intentaba proteger.
El no que viene del miedo es el que rechaza cualquier conversación sobre la relación abierta no porque no se quiera sino porque se teme lo que esa conversación podría revelar, sobre la pareja, sobre la relación, sobre uno mismo. Es una decisión que cierra puertas antes de entender qué hay detrás de ellas.
Ambas decisiones son comprensibles. El miedo es una de las emociones más poderosas que existen y es completamente normal que esté presente en un momento como este. Pero tomar decisiones importantes desde el miedo raramente produce resultados que uno pueda sostener con satisfacción.
La pregunta que conviene hacerse, con toda la honestidad de que se es capaz, es si la decisión que se está considerando viene de lo que se quiere o de lo que se teme. Y si la respuesta es que viene principalmente del miedo, quizás el trabajo que hay que hacer antes de decidir es con ese miedo, no con la pregunta de si la relación abierta es buena o mala.
Lo que pase después
Cualquiera que sea la decisión que se tome, hay algo que conviene saber de antemano: no va a ser perfecta, y va a requerir seguir trabajando.
Si se decide intentar la relación abierta, habrá momentos difíciles, emociones que no se esperaban, situaciones que requerirán más comunicación y más negociación de lo que se anticipaba. Nadie entra en una relación abierta con todas las herramientas que va a necesitar: se aprenden mientras se vive.
Si se decide no aceptar la relación abierta, habrá que tener una conversación honesta sobre qué significa eso para la relación. Puede significar que la pareja acepta la monogamia como acuerdo de la relación. Puede significar que no puede aceptarlo y que la relación llega a un punto de no continuidad. Ambas posibilidades son dolorosas de maneras diferentes, y ambas son parte del territorio honesto de una conversación como esta.
Y si la decisión final es la separación, porque se descubre que los dos quieren cosas fundamentalmente incompatibles, eso también es información válida y valiosa, aunque sea dolorosa. Las relaciones que terminan porque dos personas descubren que necesitan cosas diferentes no son fracasos: son procesos honestos de conocimiento mutuo que llevan a donde llevan.
Lo que no conviene es quedarse en el limbo de una decisión aplazada indefinidamente por miedo al resultado. El limbo tiene sus propios costes, y suelen ser más altos de lo que parecen cuando se entra en él.


